Golpe de efecto

Se me olvidaba por qué llevo meses sin escribir y lo recuerdo cuando veo tanto teatro y espectáculos como los de estos últimos días. No sé si es horror, pena o vergüenza lo que siento ante la situación que estamos viviendo, pero hay algo que me hace mirar de soslayo el ejercicio de la política en general.

Siempre he pensado, y así me lo enseñaron, que somos seres sociales y, como tales, debemos vivir de manera ordenada con los demás, desde el respeto y la educación. Para ello, necesitamos unas normas que ordenen dicha convivencia y unos buenos dirigentes que nos las hagan cumplir, pero sobre todo, que nos representen en la gestión y la administración de los recursos públicos y que velen desde la ética profesional por nuestros intereses, no por los suyos propios. ¡Se derrumbó mi castillo! Claro, que era de arena frágil y escurridiza como esta política y estos políticos.

Mi opinión, quizá, sea de las más humildes de estos lares, menos técnica y libre del palabrerío y la ampulosidad persuasivos de tanto gurú –me gusta escribir para ser entendida, más que admirada-. Y desde esa humildad, más cerca de los ciudadanos que de los profesionales, miro el horizonte y veo una política debilitada, pobre y sin fuerzas para sacar a flote a un país desencantado, contrariado y decepcionado. Un país que clama a gritos dirigentes en los que confiar, creíbles, honrados y humanos. Porque se nos olvida que los políticos deben ser humanos, que las alfombras rojas son para otras estrellas y que el maquillaje y los afeites para ocasiones ajenas a las suyas propias. Como consultora, reivindico esa parte técnica y estratégica que da consistencia a los discursos, a las intervenciones, donde se mezclan la argumentación, la exposición, la narrativa y, como no, la publicidad y el marketing. Reivindico nuestro papel más allá de ese puro exhibicionismo.

Golpes de efecto, como lo denominan algunos. Esa parece ser la clave: crear sensación y admiración. Esos diálogos broncos; esas salidas de tono; esas imágenes impostadas; esa entrega de presentes; esas llegadas en taxi; esas salas del tiempo, de espera, de fact cheking; esos equipajes de los asesores; esos asesores… Todo, absolutamente todo, no es que esté fuera de lugar, sino que resta importancia a lo realmente importante. Porque a los ciudadanos de a pie, que creemos que la política y los políticos son necesarios, que nos gusta la gestión de la res publica, queremos a los mejores, a los que tengan una formación adecuada, unas habilidades acordes con su gestión y un bagaje que les permita dar el 200% de sí mismos. No queremos más actores en un país de pandereta en el que se nos alimente con pan y circo. 

Ese efecto es un duro golpe.

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