El síndrome del sillón

Cuenta la leyenda que hubo un sillón en la ciudad de Valladolid – sillón que aún se conserva en el Museo Arqueológico de la ciudad-, propiedad de un médico sefardí que había hecho un pacto con el diablo: este le confería toda la sabiduría a cambio de una serie de muertes cruentas.

Sillón del Diablo. Valladolid

La maldición perduró en el tiempo y todo aquel que osaba ocupar dicho sillón, a menos que fuera médico, moría a los dos o tres días.

Algo similar es lo que le ocurre al ambicioso ser humano cuando decide formar parte de la política. Los que no hemos llegado a La Moncloa, ni a las Cortes Generales, ni a Génova, ni a Ferraz… hemos tenido la gran suerte de trabajar con esa clase de políticos –y hablo desde mi propia experiencia- formados, pero aún no contagiados ni intoxicados con la maldición del sillón tan extendida dentro y fuera de la política. Son como diamantes que necesitan ser pulidos, refinados en el fondo y en la forma, que necesitan un lavado de cara, y listos para lidiar en el campo de batalla. Cuando se encuentran en ese punto, aún se sienten cerca del ciudadano. No han despegado los pies del suelo y son capaces de adivinar la problemática real de la calle. Buscan y proponen soluciones factibles y reales. Viven lejos de propuestas tan magnánimas como irreales.

Roger Muñoz, psicólogo especialista en Neuropolítica, se hace eco del cambio que experimenta el político una vez que atraviesa ese umbral y ve el sillón del poder. Las hormonas que rigen el comportamiento humano sufren un proceso de modificación y empujan a la persona, o bien a ser más dominantes (testosterona) o a ser más empáticos, más emocionales, más colaborativos (oxitocina).

Pero, por lo general, acercarse al poder supone un bullir de la testosterona y una ambición que, en ocasiones, llega a convertirse en adicción. Se producen alteraciones en el cerebro y en la personalidad del individuo que le impulsan a desear esa permanencia casi enfermiza en el poder.

Lejos quedan las buenas intenciones, la humildad virtuosa, la credibilidad, la escucha activa… de los inicios. Lejos esa integridad que un día les llevó a contagiar de integridad a la sociedad.

Pero no se alarmen. No hay nada como una buena dosis emocional, de gestión de habilidades, de entrenamiento duro, que no pueda contrarrestar dicha ambición. Si dejan trabajar a los profesionales, harán de los políticos auténticos profesionales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así delimitas tus mapas, así defines tu territorio *

Así, por el título, podría parecer que vamos a hablar de Sistemas de Información Geográfica, de cartografía, de topografía o de algo similar. Pero quienes conocen algo sobre PNL saben que no nos referimos a esas disciplinas. En absoluto. Vamos a hablar de algo mucho más cercano a todos y que tiene que ver con el modo en que percibimos todo aquello que nos rodea.

Mapas que definen tu territorio

Según Korzybski, en Sciencie and Sanity, el ser humano ha podido progresar gracias a la flexibilidad de su sistema nervioso, capaz de formar y utilizar representaciones simbólicas o mapas. Cada una de esas representaciones conforma los mapas mentales con los que entendemos la realidad (territorio). Como es natural, todos tenemos nuestra propia visión del mundo, basada en los mapas internos que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra existencia. Esos mapas han sido creados por el lenguaje y por los estímulos sensoriales percibidos, y determinan, no la realidad, sino cómo interpretamos y cómo reaccionamos ante esa realidad.

Cada vez que levantamos la vista, que miramos o que percibimos algo, se nos dispara un pensamiento que es organizado por el lenguaje. Según lo programe, así actuaremos de uno u otro modo. Estas son las percepciones, elementos básicos en un proceso de comunicación. Las creamos con el objetivo de que nuestro interlocutor cree en su cerebro la imagen mental que nosotros queremos. Pero las percepciones son experiencias únicas y personales. Todos somos diferentes y tenemos nuestras propias concepciones sobre el mundo, sobre las palabras y el lenguaje. Llegar a entendernos es un proceso más que difícil.

Para que un proceso comunicativo tenga éxito, deben cumplirse, indispensablemente, dos condiciones:

  • que capte la atención del individuo.
  • que la interpretación del mensaje sea lo más correcta posible y lo más fiel a la realidad.

Debemos, pues, entrenar adecuadamente la utilización del lenguaje con el fin de evitar confusiones y conflictos que separen o confundan el mapa con el territorio. Para ello, es necesario posponer las reacciones que nos surgen de manera inmediata y buscar las características únicas de la situación.

Sólo cuando ambas partes sepan de qué se está hablando; solo cuando no existan errores, interferencias y ruidos que dificulten el proceso de entendimiento entre el emisor y el receptor; solo entonces, la comunicación habrá triunfado y la línea que separe los mapas del emisor y del receptor se habrá ido desdibujando.

 * Post publicado en Región Digital.