Un discurso vertebrado para una España fracturada

Discurso breve, pero intenso, el que ha pronunciado el Rey Felipe VI sobre la situación de Cataluña y que, pese a las críticas de sus detractores, debía hacer. Nada más ni nada menos. Estaba obligado a salir e intentar calmar a un pueblo que amenaza con desmembrarse, aunque para muchos sus palabras no hayan conseguido ese efecto.

En un marco solemne, con cierto olor a rancio abolengo, flanqueado por las banderas de España y Europa, a un lado, y por un ordenador portátil de color negro, a otro, vestido con traje también oscuro y sentado detrás de una mesa – lo que marca la distancia con el auditorio-, el monarca ha pronunciado un discurso vertebrado en dos ejes, claramente diferenciados, y que no son otros que los que hoy separan esa España fracturada: el gobierno de Cataluña, por un lado, y el resto del Estado español, por otro. El objetivo estaba claro: criticar la actuación de los primeros y tranquilizar a los segundos, bajo el amparo de la Constitución.

Del primero, no ha dudado en denunciar su ‘guerra abierta’ contra el Estado español. A él se ha referido con duros términos como ‘incumplir, ‘vulnerar’, ‘quebrantar’, ‘fracturar’, ‘menospreciar’… Todos ellos verbos con una importante carga negativa que marcan aún más, si cabe, la gravedad de la situación. Si tenemos en cuenta que existe una tendencia universal a utilizar con mayor frecuencia términos positivos que negativos y que los hispanohablantes somos los que encabezamos ese ranking, sin duda la carga de pesimismo, tristeza, consternación y abatimiento que Felipe VI quería poner de manifiesto se ha hecho notar.

Por su parte, y frente a la gravedad desencadenada por esta desobediencia del gobierno de
la Generalitat de Cataluña, el Rey ha hecho hincapié en el firme propósito y la responsabilidad de la Corona de hacer cumplir las leyes, de asegurar el orden constitucional y el funcionamiento de las instituciones. Mensaje alentador para el resto de los españoles y de todos los ciudadanos de Cataluña. Y ha insistido en el  ‘todos’, con el fin de enfatizar el sentido de unidad y de Estado que ha venido a reclamar. A estos ha querido tranquilizar bajo el amparo de un Estado democrático y constitucional, en donde solo cabe la paz, la libertad, el respeto y la convivencia. Un Estado democrático que da cobijo a todos los españoles, sea cual sea su procedencia. Para ellos, las palabras del monarca han sido de tranquilidad, confianza y esperanza, una tríada perfecta que garantizan el Estado de bienestar a todos los ciudadanos.

Poco más. Seis minutos de un obligado discurso sobrio, directo, pronunciado en un tono firme, contundente y hasta con algunos matices de enfado, puestos de manifiesto en la sobria comunicación no verbal del monarca. Un discurso marcado por los antagonismos terminológicos, ideológicos y políticos, que se corresponden con la antagónica situación que en la España de hoy se está viviendo.

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